RESILIENCIA Y EMPATÍA EN LA GUAIRA
- Contenido subido el 24 OCTUBRE 2026.
UN TESTIMONIO DE FE Y PRESENCIA MISIONERA
Los diccionarios definen la resiliencia como la capacidad de levantarse y salir fortalecido tras un acontecimiento traumático, y la empatía compasiva como la facultad de sentir el dolor ajeno e impulsarse a actuar para aliviarlo. Más allá de las definiciones formales, estas palabras cobraron un sentido vivo desde mi propia experiencia en la Vida Religiosa de Venezuela, al compartir durante parte de mis vacaciones, el caminar con las personas afectadas por el doble terremoto que azotó a los habitantes de La Guaira el pasado 24 de junio.
Como Misionera de la Inmaculada Concepción (MIC), quise aportar un granito de arena ofreciendo mi tiempo en los refugios transitorios organizados por el Estado venezolano entre Caracas, Miranda y La Guaira. También estuve presente en el corazón de la devastación, en la llamada <<zona cero>>, y en la zona Mare Abajo, a orillas del Mar Caribe, donde numerosas familias permanecen viviendo en carpas tratando de encontrar los restos de sus seres queridos o las pocas pertenecías que les quedan.
La esperanza que se profundiza ante la pérdida
En medio de este escenario, contemplé dos actitudes profundamente conmovedoras que llenaron mi corazón de alegría y orgullo por nuestra condición humana, por mi vocación religiosa y por mi identidad venezolana. La primera actitud es la admirable capacidad de las personas afectadas para sobreponerse a la adversidad, conservando intactas su fe y su esperanza en Dios, incluso tras haberlo perdido todo: sus familias y sus hogares. Recuerdo especialmente al señor Juan, a quien le preguntamos sobre la medida de su esperanza en estos momentos de prueba. Sin vacilar, nos respondió que, aunque a veces flaquea y llora al contemplar sus pérdidas, su esperanza se mantiene en el marcador del 100%, con la certeza de que Dios jamás lo abandona ni lo abandonará. Y reconoce que haber quedado con vida tras este desastre natural es un compromiso para ser una mejor persona. Así como el señor Juan, hay cientos de testimonios que dan vida y esperanza a todos los que nos aproximamos para compartir un rato de escucha y conversación con ellos.
La empatía hecha servicio y cercanía
La segunda actitud es la entrega de la Vida Religiosa, los laicos y los voluntarios, quienes se ponen en camino cada día para llegar a las comunidades afectadas que habitan en carpas y en refugios transitorios. Ellas y ellos, donan su tiempo con generosidad brindando terapias sicológicas personales y grupales, espacios de acompañamiento por medio de la escucha con paciencia, conversando sobre lo vivido, orando juntos para recobrar fuerzas, llevando mensajes positivos frente a la adversidad, ofreciendo un masaje o terapia de acupuntura para aliviar tensiones corporales, acompañando con juegos, dinámicas y actividades educativas a los niños, cuyos rostros aún reflejan el temor experimentado en aquel día. Asimismo, se organizan para cocinar alimentos, empacar y llevar a la hora de almuerzo a la «zona cero», recorrer largas calles para ofrecer agua, jugo frío o bebidas energéticas que, en aquel lugar bañado por el sol y el calor del mar, refrescan tanto la sed física como el alma de quien los recibe con tanto agradecimiento.
El ciento por uno del Evangelio
Al permanecer con todos los sentidos atentos, me hice consciente de una profunda paradoja evangélica: aunque fuimos a dar mucho, recibimos el ciento por uno a través de rostros y voces llenos de gratitud que nos devuelven la fe, la confianza y una esperanza que no muere, en Dios y en la humanidad. Esta labor no ha terminado; ahora es cuando La Guaira más nos necesita. Invito a todas nuestras comunidades, hermanas, laicos y voluntarios a no dejar de ayudar ni de orar por la realidad que siguen atravesando tantas hermanas y hermanos venezolanos en esta tierra donde el rostro de Dios se hace reconocible, necesitado y encontradizo en medio de tanto dolor.
Yanny Ballestero
Misionera de la Inmaculada Concepción
